El sábado salí corriendo. Tenía que llegar cuarenta y cinco minutos antes de los que llegué. Tomé el 60 a Belgrano, pensé en tomarme el subte para ahorrar tiempo, pero lo que menos hizo, fue ahorrarme tiempo. Cuando entre convencida de que no iba a haber nadie en ventanilla, que sacaría mi boleto rapidísimo y en quince minutos habría llegado a destino; mi cara cambio totalmente. Las ventanillas estaban llenas. Gente con camisetas, bufandas, gorros, banderas de Argentina. Ahí me dí cuenta que lo más lógico era que el tiempo que yo tardara de mi casa a Belgrano, era el tiempo que iba a tardar la gente que estaba viendo hace unos minutos en la televisión, en salir y llegar a tomar el subte. Claro que no lo pensé hasta que lo vi. Pero ya no tenía opción, tuve que quedarme y esperar. Mientras lo hacía, observe todas sus caras, se supone que cuando uno va a la cancha a ver a la selección que representa a su país, al país que ama, esta feliz, siente placer. Sus caras no demostraban otra cosa que agobio, agobio por haber pasado toda una tarde alentando a su equipo. Parecía que ya no les importaba lo que había pasado, la selección ganó, pero ellos parecían no haberse enterado. Me pregunte por qué todos ellos habían ido si en verdad no les importaba. ¿Habían ido solo para hacerme llegar tarde?
Pasó más de media hora, llegué tarde, pero justo a tiempo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario